En el comienzo era el Abismo sin fondo y sin límites, la Nada y el Todo a la vez, el Caos indeterminado que contiene todas las cosas todavía sin nombre y sin concreción. Y antes del Abismo, quizás, la Razón Inabarcable de ese Origen apenas perceptible, la recóndita semilla de los Mundos y de los Seres. Lo Absoluto de imposible conocimiento; la idea del Cosmos que escapa a toda comprensión, la pregunta sin respuesta: el Enigma.
En el principio era también la Potencia, lo que podría llegar a ser. Aquello inconcebible contenedor de ambos gérmenes. Lo que luego llamáramos "Padre" y "Madre" se hallaban inscritos en esa Totalidad, juntos, sin diferencia aparente, en interacción continua conteniendo en si todas las posibilidades de plasmación.
Con el primer latido se inició la separación: fue acto el comienzo del Tiempo, se hizo el Espacio y la vida fluyó. Hubo ritmo, hubo un lugar para la Creación, y lo Uno se vertió, se plasmó, se convirtió en Dualidad manifiesta... El desdoblamiento originó las grandes aguas y el viento que las agita; y nació el espejo que permitía a uno y otro reflejarse en similitud y oposición.
Desde entonces existió una dirección y un transcurrir; un arriba y un abajo, un cielo y una tierra, lo izquierdo y lo derecho... Existió la Materia Primera, la Sustancia Primordial y el hálito del Espíritu. La Ley necesitó el sustento de energía para actuar, precisó de las formas que la cumplieran. Existió el impulso que tras sucesivas divisiones permitió la aparición de los seres individuales y, paralelamente, la fuerza que insta a las criaturas separadas a religarse en el anhelo de recobrar la Unidad perdida.
Éste podría ser, en síntesis, el contenido de tantas representaciones simbólicas vertidas en las Teogonías de la Antigüedad con sus abstracciones y personificaciones que nos explican la génesis del Mundo. Porque prácticamente todas, de una forma u otra, nos hablan de la polaridad como requisito para la creación y perpetuación de las cosas, polaridad que en las tradiciones se ha resumido y se ha explicado con el concepto de género.
Así ha nacido en el imaginario humano la Madre de Todo, el aspecto femenino de la Naturaleza y, por extensión, la Naturaleza misma manifestada; que se ha entendido como el soporte, el sostén, la base necesaria para la vida siendo a la vez la representación de la Vida.
Es Prakriti en la India, densa o sutil, al decir de los eruditos, según los niveles de plasmación. Cuando se convierte en la Madre Divina es Aditi, que alumbra a los Dioses. También es la consorte del Dios Creador, o bien, la madre de la Pareja Primordial de la que surge el Universo más comprensible para nosotros. Es la Diosa de las Montañas de los antiguos Drávidas, Parvati, la consorte de Shiva. Es Gaia entre los Griegos, la del amplio seno, al decir de Hesiodo. También es Hera; y es Juno, ahora para Roma.
Si crea directamente a los hombres es la Diosa Nu-wa de las tradiciones chinas, amasando a sus hijos -cómo no- del barro de la tierra. Puede ser la hija del Gran Espíritu de las culturas nativas americanas del área de las praderas, que se precipitó en el mundo fragmentándose y originando lo creado. Puede ser, siguiendo con la misma idea, Perséfone, tejedora de todas las cosas y circunstancias que se iban plasmando conforme aparecían en su tela y que, desoyendo a su madre, fue tentada por Eros y cayó al inframundo (en un nivel de interpretación, nuestra tierra).
Si aparece como fuente de todas las cosas es la Gran Madre asiática, la de los Mil Nombres y Atributos; tambien Mahadevi en el hinduísmo, la Mahamaya de los Puranas, la cradora, conservadora y destructora de los seres. De ella se originó el Espacio y es a la vez el Cuerpo de ese Espacio inmenso cuyo manto contiene a las estrellas y a los soles y cuya esencia los sostiene rítmicamente a través de los ciclos que la caracterizan. Cuna y sepulcro de las formas, su útero gesta y finalmente recoge a los seres vivos transmutándolos en una nueva apariencia, en una nueva expresión. De ahí el caldero de la celta Ceredwein, el de Dagdé, que portaba la tribu de la Diosa Dana en los ancestros irlandeses, a su llegada a la isla y el posterior Grial, y la copa receptora como símbolo de contención.
También la caverna se asocia con la Diosa. La caverna oscura que se abre en la roca permite mil transformaciones y cambios de estado. ¿Cómo no pensar entonces en la redoma de ciertos grabados alquimistas en cuyo interior se representa al Anima Mundi dentro del contexto de la Obra? ¿Y cómo no pensar en la inmersión en las aguas, en el hecho de ser tragado por un gran pez y en el descenso a los infiernos, tan común en el contexto heroico donde el candidato muere y renace como iniciado; renovado, con mayor conocimiento, con mayor conciencia...?
Si la Diosa contiene todas las potencias es la Virgen Celeste antes de recibir la impronta del espíritu, si alienta a la vida es la Madre de Todos en el Cosmos y en nuestro mundo y entonces puede ser la Tierra Madre, Oikos, casa, el suelo firme que brinda un hogar a sus criaturas. O la tierra fecunda que nutre a todos los seres y permite su existencia sin requisito, la vieja Pachamama de la región andina.
Podemos encontrarla entonces bajo diversas manifestaciones. Es la Diosa de los antiguos minoicos asociada a la paloma, al delfín, a la serpiente y al toro; la nutricia Hathor, Isis amamantando al Hijo. Demeter protegiendo a las cosechas. Puede ser también la Naturaleza toda que tanta imaginación y belleza derrocha por doquier procurando incontables formas y recursos para sus pequeñuelos, a la vez que regula los ámbitos y el cariz de su desenvolvimiento. Entonces es la Reina de las Bestias, uno de cuyos aspectos encarna la Artemisa del bosque salvaje o la misma Cibeles y los jabalíes, los ciervos (o los leones) la acompañan. Puede hechizar, seducir, al contener en sí la gracia, el encanto de su obra o envolver en un halo de encanto a sus criaturas. Con tales atributos es la Isthar mesopotámica o la Afrodita griega, la del velo dorado, la del cinturón mágico, a cuyo paso las bestezuelas, según canta el himno, se retiran a los bosques para aparearse porque encarna el Eros, el principio de Unión al servicio del mantenimiento de la Vida.
Representa a la Tierra, pero también a las aguas, tanto al Océano abisal de los comienzos, las profundas aguas del cielo como los energéticos mares y ríos, puesto que Ella misma es la fuente del Agua de la Vida cuyo fluir es contínuo y cuyas mareas obedecen a sus ritmos. Una de las evocaciones más antiguas de la Diosa es la Sarasvati de los Vedas, regente de los ríos.
También encarna la Ley que regula a la Creación para su mantenimiento y propósito; así conduce a las distintas vidas que se inscriben en la Gran Corriente Vital para que puedan existir, crecer, desarrollarse, expresarse como criaturas individuales y cumplir su función y su destino. Por eso la humanidad ha representado una faceta de la Diosa como justiciera, legisladora, socializadora y portadora de civilización. En el primer caso, sostiene los hilos del destino y se la representa como una telaraña en los viejos mitos irlandeses. Es una red que integra a todo lo creado. Las Parcas en Grecia serían sus dígitos, pero también es Némesis, es Maat en Egipto, siempre inexorable.
Si nos introduce en lo cultural, ámbito tan específicamente humano, tenemos el ejemplo de Inanna en Sumeria, donando a los hombres códigos de conducta traídos del cielo; Demeter y Atenea para los griegos permitiendo con las innovaciones agrícolas el paso a un nuevo orden social, una, y aportando arte e industria, otra; o de nuevo Sarasvati para India, que llegó a ser protectora de las artes y de las letras.
Pero no siempre es luminosa. También representa el furor de la guerra. Llena de coraje e impulso alienta a los guerreros, su deseo les sostiene en el combate. Preside sus lides y les conduce a la victoria, en muchos casos a pesar de la muerte. Es voluntariosa como Isthar. Es impetuosa como Anat. Poderosa como Atenea.
Sus cuidados pueden resultar posesivos. El amparo de su regazo puede tornarse prisión. Su seguridad confortante y su protección sofocar el crecimiento. Su exaltación erótica convertirse en lascivia. Si ella alumbra y protege, puede también mostrar la fuerza de las sombras, tan temibles habitualmente para los humanos. Entonces es destructiva.
Puede manifestar su cólera y con ella los elementos se desencadenan, entonces su cuerpo se contrae, los vientos arrecian, las tierras se convulsionan, los volcanes vomitan su fuego. Súbitamente puede sacudirse a sus criaturas y entonces los seres vegetales, animales y humanos se agitan y perecen en el Caos temible del remolino que Ella ha provocado.
Puede, suave o violenta, reclamar la corriente vital donada a las criaturas o destruir su forma aparente para recogerla en su seno porque es la Reina de Todas las Mareas: Ahora nos muestra la diosa su aspecto sombrío, no por fuerza maligno aunque aparezca como reina de los Infiernos, Señora de los Muertos o la Muerte misma, como Ereskingar, la reina del helado Helfeld, el país del frío, la reina de la Nieve que luego aparecerá en los cuentos.
En el principio era también la Potencia, lo que podría llegar a ser. Aquello inconcebible contenedor de ambos gérmenes. Lo que luego llamáramos "Padre" y "Madre" se hallaban inscritos en esa Totalidad, juntos, sin diferencia aparente, en interacción continua conteniendo en si todas las posibilidades de plasmación.
Con el primer latido se inició la separación: fue acto el comienzo del Tiempo, se hizo el Espacio y la vida fluyó. Hubo ritmo, hubo un lugar para la Creación, y lo Uno se vertió, se plasmó, se convirtió en Dualidad manifiesta... El desdoblamiento originó las grandes aguas y el viento que las agita; y nació el espejo que permitía a uno y otro reflejarse en similitud y oposición.
Desde entonces existió una dirección y un transcurrir; un arriba y un abajo, un cielo y una tierra, lo izquierdo y lo derecho... Existió la Materia Primera, la Sustancia Primordial y el hálito del Espíritu. La Ley necesitó el sustento de energía para actuar, precisó de las formas que la cumplieran. Existió el impulso que tras sucesivas divisiones permitió la aparición de los seres individuales y, paralelamente, la fuerza que insta a las criaturas separadas a religarse en el anhelo de recobrar la Unidad perdida.
Éste podría ser, en síntesis, el contenido de tantas representaciones simbólicas vertidas en las Teogonías de la Antigüedad con sus abstracciones y personificaciones que nos explican la génesis del Mundo. Porque prácticamente todas, de una forma u otra, nos hablan de la polaridad como requisito para la creación y perpetuación de las cosas, polaridad que en las tradiciones se ha resumido y se ha explicado con el concepto de género.
Así ha nacido en el imaginario humano la Madre de Todo, el aspecto femenino de la Naturaleza y, por extensión, la Naturaleza misma manifestada; que se ha entendido como el soporte, el sostén, la base necesaria para la vida siendo a la vez la representación de la Vida.
Es Prakriti en la India, densa o sutil, al decir de los eruditos, según los niveles de plasmación. Cuando se convierte en la Madre Divina es Aditi, que alumbra a los Dioses. También es la consorte del Dios Creador, o bien, la madre de la Pareja Primordial de la que surge el Universo más comprensible para nosotros. Es la Diosa de las Montañas de los antiguos Drávidas, Parvati, la consorte de Shiva. Es Gaia entre los Griegos, la del amplio seno, al decir de Hesiodo. También es Hera; y es Juno, ahora para Roma.
Si crea directamente a los hombres es la Diosa Nu-wa de las tradiciones chinas, amasando a sus hijos -cómo no- del barro de la tierra. Puede ser la hija del Gran Espíritu de las culturas nativas americanas del área de las praderas, que se precipitó en el mundo fragmentándose y originando lo creado. Puede ser, siguiendo con la misma idea, Perséfone, tejedora de todas las cosas y circunstancias que se iban plasmando conforme aparecían en su tela y que, desoyendo a su madre, fue tentada por Eros y cayó al inframundo (en un nivel de interpretación, nuestra tierra).
Si aparece como fuente de todas las cosas es la Gran Madre asiática, la de los Mil Nombres y Atributos; tambien Mahadevi en el hinduísmo, la Mahamaya de los Puranas, la cradora, conservadora y destructora de los seres. De ella se originó el Espacio y es a la vez el Cuerpo de ese Espacio inmenso cuyo manto contiene a las estrellas y a los soles y cuya esencia los sostiene rítmicamente a través de los ciclos que la caracterizan. Cuna y sepulcro de las formas, su útero gesta y finalmente recoge a los seres vivos transmutándolos en una nueva apariencia, en una nueva expresión. De ahí el caldero de la celta Ceredwein, el de Dagdé, que portaba la tribu de la Diosa Dana en los ancestros irlandeses, a su llegada a la isla y el posterior Grial, y la copa receptora como símbolo de contención.
También la caverna se asocia con la Diosa. La caverna oscura que se abre en la roca permite mil transformaciones y cambios de estado. ¿Cómo no pensar entonces en la redoma de ciertos grabados alquimistas en cuyo interior se representa al Anima Mundi dentro del contexto de la Obra? ¿Y cómo no pensar en la inmersión en las aguas, en el hecho de ser tragado por un gran pez y en el descenso a los infiernos, tan común en el contexto heroico donde el candidato muere y renace como iniciado; renovado, con mayor conocimiento, con mayor conciencia...?
Si la Diosa contiene todas las potencias es la Virgen Celeste antes de recibir la impronta del espíritu, si alienta a la vida es la Madre de Todos en el Cosmos y en nuestro mundo y entonces puede ser la Tierra Madre, Oikos, casa, el suelo firme que brinda un hogar a sus criaturas. O la tierra fecunda que nutre a todos los seres y permite su existencia sin requisito, la vieja Pachamama de la región andina.
Podemos encontrarla entonces bajo diversas manifestaciones. Es la Diosa de los antiguos minoicos asociada a la paloma, al delfín, a la serpiente y al toro; la nutricia Hathor, Isis amamantando al Hijo. Demeter protegiendo a las cosechas. Puede ser también la Naturaleza toda que tanta imaginación y belleza derrocha por doquier procurando incontables formas y recursos para sus pequeñuelos, a la vez que regula los ámbitos y el cariz de su desenvolvimiento. Entonces es la Reina de las Bestias, uno de cuyos aspectos encarna la Artemisa del bosque salvaje o la misma Cibeles y los jabalíes, los ciervos (o los leones) la acompañan. Puede hechizar, seducir, al contener en sí la gracia, el encanto de su obra o envolver en un halo de encanto a sus criaturas. Con tales atributos es la Isthar mesopotámica o la Afrodita griega, la del velo dorado, la del cinturón mágico, a cuyo paso las bestezuelas, según canta el himno, se retiran a los bosques para aparearse porque encarna el Eros, el principio de Unión al servicio del mantenimiento de la Vida.
Representa a la Tierra, pero también a las aguas, tanto al Océano abisal de los comienzos, las profundas aguas del cielo como los energéticos mares y ríos, puesto que Ella misma es la fuente del Agua de la Vida cuyo fluir es contínuo y cuyas mareas obedecen a sus ritmos. Una de las evocaciones más antiguas de la Diosa es la Sarasvati de los Vedas, regente de los ríos.
También encarna la Ley que regula a la Creación para su mantenimiento y propósito; así conduce a las distintas vidas que se inscriben en la Gran Corriente Vital para que puedan existir, crecer, desarrollarse, expresarse como criaturas individuales y cumplir su función y su destino. Por eso la humanidad ha representado una faceta de la Diosa como justiciera, legisladora, socializadora y portadora de civilización. En el primer caso, sostiene los hilos del destino y se la representa como una telaraña en los viejos mitos irlandeses. Es una red que integra a todo lo creado. Las Parcas en Grecia serían sus dígitos, pero también es Némesis, es Maat en Egipto, siempre inexorable.
Si nos introduce en lo cultural, ámbito tan específicamente humano, tenemos el ejemplo de Inanna en Sumeria, donando a los hombres códigos de conducta traídos del cielo; Demeter y Atenea para los griegos permitiendo con las innovaciones agrícolas el paso a un nuevo orden social, una, y aportando arte e industria, otra; o de nuevo Sarasvati para India, que llegó a ser protectora de las artes y de las letras.
Pero no siempre es luminosa. También representa el furor de la guerra. Llena de coraje e impulso alienta a los guerreros, su deseo les sostiene en el combate. Preside sus lides y les conduce a la victoria, en muchos casos a pesar de la muerte. Es voluntariosa como Isthar. Es impetuosa como Anat. Poderosa como Atenea.
Sus cuidados pueden resultar posesivos. El amparo de su regazo puede tornarse prisión. Su seguridad confortante y su protección sofocar el crecimiento. Su exaltación erótica convertirse en lascivia. Si ella alumbra y protege, puede también mostrar la fuerza de las sombras, tan temibles habitualmente para los humanos. Entonces es destructiva.
Puede manifestar su cólera y con ella los elementos se desencadenan, entonces su cuerpo se contrae, los vientos arrecian, las tierras se convulsionan, los volcanes vomitan su fuego. Súbitamente puede sacudirse a sus criaturas y entonces los seres vegetales, animales y humanos se agitan y perecen en el Caos temible del remolino que Ella ha provocado.
Puede, suave o violenta, reclamar la corriente vital donada a las criaturas o destruir su forma aparente para recogerla en su seno porque es la Reina de Todas las Mareas: Ahora nos muestra la diosa su aspecto sombrío, no por fuerza maligno aunque aparezca como reina de los Infiernos, Señora de los Muertos o la Muerte misma, como Ereskingar, la reina del helado Helfeld, el país del frío, la reina de la Nieve que luego aparecerá en los cuentos.

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